Náufragos
16 abr 2011 Dejar un comentario
in 100 palabras
Todos apretujados en aquel enorme congelador compartíamos espacio con pollos desplumados, corderos sanguinolentos, solomillos de cerdo y hamburguesas perfectamente envasados al vacío. Después de mandarnos a pique y dejarnos con lo puesto, el mar aparecía ahora como una superficie extrañamente lisa, quieta, pastosa, sin el más leve movimiento, donde los tímidos rayos de sol hacían saltar fugaces destellos dorados. La mala suerte nos había arrojado de pronto en un improvisado y apestoso navío camino de algún horror extravagante, inmóviles en una nada plúmbea y dispuestos a aguantar lo que fuese por salvar el pellejo. Comida no nos iba a faltar.
5%
15 abr 2011 Dejar un comentario
Sentado en un rincón de la habitación observa atentamente el calendario frente a él. Tiene una bonita foto de un árbol que desconozco. Debajo se agolpan las tachaduras de los días como cruces perfectamente alineadas. Precisión en el trazo. Me recuerda un cementerio americano, de esos que salen en las películas de guerra. ¿En qué estará pensando? ¿En lo mismo que yo? De pronto tiene la mirada perdida y sus ojos deambulan por los objetos y enseres que pueblan este espacio como habitantes mudos de un pequeño mundo que ya no es cotidiano. Sus rasgos no me resultan familiares ¿Cómo hemos venido a parar aquí? Con tanto cansancio como acumulamos se desdibujan en mi memoria los acontecimientos que nos han traído aquí. El tiempo ha desaparecido, engullido por este espacio opresivo.
Los dos hombres no han cruzado sus miradas desde que llegaron a la sala de descanso. Como si les diese pudor compartir estos instantes. Se evitan. Fuera se escuchan gritos, juramentos, órdenes, una algarabía que para ellos va perdiendo poco a poco el sentido. La suerte ha decidido su destino común.
Piensa en su hijo y en si será suficiente el dinero que le entregarán a su esposa. Hasta el último momento intentó disuadirlo para que no se presentara en la central. Piensa que es mentira lo del 5% y que no tienen escapatoria. Piensa en él y vuelve a sentir su pequeño cuerpo, como la primera vez que lo tuvo en sus brazos el día que nació. —Esto es suyo— dijo la enfermera entregándole a su hijo como si fuera un paquete.
Nunca ha podido, en todos estos años, ponerle nombre a aquella primera sensación: asombro, amor, sorpresa, vacío. Sí, vacío. Estaba vacío y a la vez lleno de algo ¿un sentimiento? ¿una emoción? Nunca lo ha sabido. Ahora sólo piensa en él, no hay nada más en su mente. Cierra los ojos y lo ve reír, lo ve correr hacia él, escucha su risa y su llanto. Se aparta de la emoción que empieza a ahogarle. —Alguien lo tenía que hacer, al fin y al cabo. Qué más da— se dice, tratando de dominar el miedo. —Salvaremos muchas vidas, la suya y también la de muchos otros— piensa, mientras observa a su compañero.
Estos pensamientos no le sirven de consuelo, sólo aquella imagen de su hijo en la cuna durmiendo plácidamente después del parto. Sólo quiere recordar aquella sensación sin nombre, aquel estupor, asombro, amor o lo que fuese.
Suena el walkie. —Vamos— le dice a su compañero. —Vamos— le contesta el otro.
Dolor
15 abr 2011 Dejar un comentario
Anoche mi hijo pequeño no podía dormir. Cuando me acosté él se levantó y vino a nuestra cama, andando perfectamente en la oscuridad, cosa que me asombró. Se quedó de pie por mi lado de la cama llorando, sin estridencias. Me levanté, lo acompañé a su cama y me tendí a su lado para calmarlo. Cuando ocurre esto no dejo de pensar en cuando tenía dos o tres años y se despertaba llorando de noche. Tal como hicimos con su hermano, no le prestábamos mucha atención, dejándolo llorar hasta que se tranquilizaba. Creo que esas lágrimas se le han clavado en lo más profundo de su corazón y le hacen daño. Anoche pensaba en todo esto estando a su lado, acariciándole el pelo para que se calmase, para calmar también mi conciencia, para aliviar ese dolor que de vez en cuando se le aparece en sueños.
Tedio
11 abr 2011 1 comentario
Quiso marcharse de allí pero no pudo. Sentado en un banco del parque contemplaba el ir y venir de la gente con la mirada perdida. No sabía cuánto tiempo llevaba allí sentado. El sol de la mañana empezaba a molestarle en la nuca. Hasta ese momento no había tomado conciencia de sí. Parecía que hubiese despertado de un profundo sueño. Tenía dudas sobre si estaba dormido o despierto, se sentía como en esos momentos antes de dormir o después de despertar en que la conciencia se tambalea entre dos mundos.
La gente pasaba por su lado, muy cerca, sin prestarle la más mínima atención. Esto le hacía dudar seriamente de su realidad, incluso de su materialidad. Una joven que corría le miró fugazmente, cruzaron sus miradas y esto, por fin, le indicó que seguía teniendo consistencia, esto y el dolor que le subía desde el estómago. Hasta ese momento no se había percatado del intenso dolor debajo de las costillas. Se tocó el cuerpo, por si tenía alguna herida o quizás un cuchillo hincado hasta el mango.
Como si de un aparato de radio se tratase el volumen de los sonidos del entorno fue gradualmente subiendo en intensidad: pájaros, voces, tráfico. Se fijó en el rumor de las hojas del árbol que lo abrigaba bajo su frondoso techo. Multitud de ellas, como una miríada de campanitas tocando al unísono una tranquila melodía. Se sintió hechizado, transportado a otro mundo más allá del cielo que veía ante sí.
Volvieron a desaparecer las gentes y sus voces; los coches y sus ruidos; incluso el aire se le hizo tan ligero que se le olvidó de respirar. La intensa luz de la mañana se fue diluyendo con su dolor. La mirada se volvió a perder en no sabemos qué paisajes. Las manos se relajaron, la tensión desapareció.
Lentamente, uno a uno, reconociendo el momento, los pájaros volvieron a posarse en su sombrero.
Guerra
10 abr 2011 1 comentario
in 100 palabras
Un apuesto joven al que besó en los labios con dulzura y con algo de pasión contenida, la boca entreabierta abrazando delicadamente la suya, apretando suavemente su antebrazo en un gesto de intimidad cómplice, acariciándole la mejilla, que sintió cálida e inmaculada, limpia de las adherencias inevitables de la vida; un muchacho tan solo, un desconocido al que quizás no volvería a ver, no por lo menos intacto, que regresaría en una bolsa de plástico, igual que todos los demás, con todo su ardor y sus ideas absurdas dentro, habiendo sucumbido ante el altar que otros han preparado para él.
Bruma
08 abr 2011 2 comentarios
A veces su conciencia de ella es aguda. Su figura se recorta ahí delante a través de la niebla. La bruma, que asciende como un hálito de la tierra, se disuelve un poco gracias a ese sol que ha aparecido de pronto, como un grito. Entonces la percibe unos pasos más allá. Su estilizada figura, más parecida a un fantasma que a un ser humano, permanece absolutamente inmóvil, como devolviendole la mirada. No distingue ningún rasgo de su rostro desde donde está y no puede avanzar más sobre el suelo cenagoso pero, por si acaso, le sonríe y alza la mano esbozando un saludo que quiere ser amistoso.
Le gustaría poder avanzar hasta descubrir su cara. Poder mirarla directamente a los ojos es su anhelo. A veces parece que podrá conseguirlo, que podrá recorrer la distancia que los separa. Este sentimiento lo llena de optimismo y alegría, pero habitualmente dura muy poco y cuando pasa siente que el abismo entre los dos se agranda, que nunca podrá saltarlo, que está condenado a permanecer anclado en esta tierra húmeda, blanda, fría, gelatinosa.
Ecos
06 abr 2011 2 comentarios
Hoy está contenta. Resuena en su interior el eco adormecido, el rumor de una alegre melodía. Le ha costado despertar, cansada, como si viniese de un mundo lejano donde habita cada noche, un país de ensueño que la acoge durante unas horas.
Hay allí altas torres inaccesibles, palacios de verde jade, ríos de agua prístina, enormes estatuas de oro y marfil, suelos de mármol resplandeciente que acarician sus desnudos pies cuando deambula, sola y feliz, por salones y estancias adornadas con innumerables y extraños objetos que no ha visto jamás. A cada paso absorbe fragancias, sonidos, luces y colores resplandecientes que guarda en un rincón perdido de su memoria.
No guarda conciencia de este mundo fantástico, sólo le queda ese pequeño temblor cuando intenta recordar, y la leve caricia de un vestido de fina seda adherida a su piel.